por Ricardo Dominguez en 31 octubre, 2018
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Están cerca. Están muy cerca. Llevo varias horas sintiéndolo en mi olfato. Tras dos días sin comer, me lo merezco. Se lo merecen: mis cachorros todavía no son lo suficientemente fuertes para aguantar varios días sin probar bocado y aún no son capaces de cazar por su cuenta. La manada era muy lenta y, aunque me he aventurado sola, he sido capaz de seguirle el rastro a un grupo de kudús.

Los he avistado. Están a solo un kilómetro de mí. Beben agua tranquilamente junto a unos pocos elefantes y una manada de impalas. Pero mi objetivo es el kudú: los gigantes grises son demasiado grandes para atacar sola, mientras que los impalas no contienen suficiente carne para mí y mis cachorros.

Decido esperar mi momento. Oculta tras la maleza, no me verán. A pesar de que el sol está en lo más alto, las hierbas altas me protegen de miradas indiscretas. La paciencia, esa lección que tanto me costó aprender en mi juventud. La cicatriz en mi pata delantera izquierda, obra de una cornada de búfalo, me lo recuerda cada día.

Poco a poco, los animales van abandonando la charca. Los elefantes, con su lento caminar, son los primeros. Tras ellos, la manada de kudús comienza a desplazarse. Sus movimientos también son lentos, ajenos a lo que les espera. A lo que me espera. Empiezo a moverme. Sigilosa, cuidadosa. En silencio. El grupo ha salido a un claro y será ahí donde ataque. Siento la fuerza en mis patas y fijo la mirada en mi presa, un joven kudú que ha quedado algo rezagado.

Y ataco.

Siento el viento en la cara, me obliga a entrecerrar los ojos. A los pocos segundos los kudús se dan cuenta de mi presencia y comienzan a correr. Pero estoy demasiado cerca. La anarquía gobierna sus movimientos y el joven, inexperto en estas situaciones, reacciona tarde. Para él, demasiado tarde.

Cuando estoy a apenas unos metros salto sobre su lomo. A pesar de su juventud es fuerte y bravo, necesito de varias acometidas para tumbarlo. Una vez en el suelo, sus patadas se van ahogando al ritmo de mis mordiscos. Tras pocos minutos, el trabajo está hecho.

Me alegro por mí y por ellos. Por ellos primero. Ahora me espera un largo camino de vuelta cargando a mi presa. La próxima cacería ─me digo─ será con ellos.