por Ricardo Dominguez en 5 septiembre, 2018
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Estaba en África.

Por fin había llegado.

Recordaba los documentales que, mientras sus padres dormían, él veía de niño una y otra vez. Animales que saltaban desde la pantalla de su televisión hasta los libros que leía, las figuras con las que jugaba o los cromos que coleccionaba. Sus preguntas siempre eran más que sus respuestas y, con el tiempo, dejó de hacérselas.

Hasta que creció lo suficiente como para tener el valor preguntar de nuevo. Llevaba años planeando un viaje así, visitar el continente africano y ver con sus propios ojos a esos animales con los que soñaba de pequeño. Y allí, sentado en la parte trasera de aquel 4×4, disfrutando de un safari con la sabana a su alrededor, recordó todo aquello.

A los pocos minutos de recorrido una manada de impalas apareció a su izquierda. No le hizo falta que nadie se lo advirtiera: sus ojos se movían como nunca lo habían hecho y detectó el movimiento a la primera.

El ranger comenzó a explicar cómo diferenciar a los machos de las hembras, el porqué de aquellos cuernos, el porqué de esos colores. Solo unos metros más adelante, uno de los guías avistó huellas de leopardo sobre el terreno: habían pasado por allí la noche anterior.

Más preguntas. Y más respuestas.

Deseaba ver elefantes y estos llegaron tras algo más de una hora. Sus prismáticos le ayudaron a distinguir las arrugas de su piel, a quedar hipnotizado con el movimiento de su trompa mientras, lentamente, arrancaba las hierbas del suelo para llevárselas a la boca.

Más preguntas. Y, de nuevo, más respuestas.

Ya de vuelta, el ranger pareció recibir un mensaje por su walkie-talkie.

Copy, on my way ─respondió él.

Unos metros más adelante, el conductor dio un volantazo a la derecha para salirse del camino. Le siguieron un par más. Por primera vez, no contestaba a las preguntas.

You’ll see soon, don’t worry ─les tranquilizaba.

Él no se tranquilizaba. Quería escucharlo todo; verlo todo; sentirlo todo. Fue entonces cuando el conductor aminoró el ritmo y extendió su brazo izquierdo hacia un punto concreto de la sabana. Las hierbas altas no le dejaron verlo al principio. Pero allí estaban. Leopardos. Eran tres. Jóvenes, según dijo el guía, descansando junto a su madre bajo el sol.

El motor se paró del todo a poca distancia de ellos. Los felinos bostezaban y se acomodaban sobre el suelo, haciendo movimientos lentos. El guía les explicaba que la mayoría de depredadores actúan por la noche, que los leopardos son uno de los animales más activos, que los jóvenes cachorros viven junto a sus madres hasta los dos años.

Permanecieron allí ─los viajeros y los leopardos─ durante varios minutos. Los primeros, absortos con la situación, haciendo fotos y admirando la belleza de la naturaleza. Los segundos, impasibles, descansando antes de la noche, momento en el que saldrían a cazar.

Al arrancar y dejar atrás a los animales, llegarían más preguntas.

Y, por supuesto, más respuestas.