por Ricardo Dominguez en 5 abril, 2018
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Desde el primer momento en el que pones un pie en África, tienes el riesgo de enamorarte de ella. Quizás es la diversidad de sus gentes; la autenticidad de sus paisajes, sus maravillas naturales; la fauna salvaje que todavía reina en gran parte del continente; o una combinación de todas ellas. David Livingstone, sin duda, fue uno de esos hombres que cayó rendido a los encantos africanos.

En los 30 años que el explorador pasó en África recorrió aproximadamente 50.000 kilómetros, sobrevivió a leones y enfermedades, luchó contra la esclavitud imperante de la época y descubrió varias regiones desconocidas para los europeos a mediados del siglo XIX. Todo ello contribuyó a construir la biografía de un hombre que, según dice el mito, tiene su corazón enterrado en África, «el lugar al que siempre perteneció».

David Livingstone en una de sus instantáneas más icónicas

David Livingstone en una de sus instantáneas más icónicas

El origen de la leyenda

David Livingstone nació en Escocia un 19 de marzo de 1813. Distintas fuentes relatan su infancia como difícil, creciendo en una familia muy numerosa (fue el segundo de siete hermanos) y teniendo que trabajar 12 horas diarias en una fábrica cuando contaba con solo 10 años. A pesar de ello, Livingstone ahorró todo lo que puedo para cursar estudios de medicina y recibir formación religiosa. Esta combinación le permitió entrar en la Sociedad Misionera Londinense como misionero de entrenamiento.

Dentro de este programa, su destino original era China, pero la Guerra del Opio hizo cambiar sus planes y que tuviese que aceptar una misión en un destino muy distinto: Ciudad del Cabo. El resto está contado en libros, películas y documentales: la historia del hombre que puso África ─de forma literal, en muchas ocasiones─ en el mapa.

Descubriendo el río Zambeze y las cataratas Victoria

Desde el sur, Livingstone comandó varias expediciones hacia el centro del continente. Poco a poco fue dejando de lado su principal misión de evangelizar a la población africana y se centró más en su faceta exploradora. El escocés se destacó como un gran cartógrafo y, durante muchos años, sus referencias fueron utilizadas por otros aventureros, además de comerciantes, embajadores y gobiernos europeos.

En 1849, junto a su compañero William Cotton Oswell, se convirtió en el primer europeo en cruzar el desierto de Kalahari. Dos años después llegaría al río Zambeze, un hecho que marcaría su vida futura en África. Su fijación con este río estaba relacionada con abrir nuevas rutas para los misioneros y comerciantes ingleses, por lo que su objetivo era comprobar su navegabilidad.

Vista aérea del río Zambezi

Vista aérea del río Zambezi

Fue así como llegó a sus oídos un lugar que los nativos consideraban mágico. Conocido como el humo que suena, Livingstone estaba cerca de llegar a uno de los lugares más increíbles del mundo: las cataratas Victoria. Un espectáculo de la naturaleza, Patrimonio de la Humanidad y uno de los principales atractivos turísticos de esta zona de África.

«Una vista tan maravillosa ha tenido que ser contemplada por los ángeles en vuelo», llegó a escribir en su diario.  Como explorador y «descubridor» de este fenómeno natural, Livingstone se permitió otorgarles el nombre de Victoria como un regalo a su reina, y así han sido conocidas desde entonces.

Viendo estás imágenes, se entiendo el sobrenombre de "el humo que suena"

Viendo estás imágenes, se entiendo el sobrenombre de «el humo que suena»

El famoso puente sobre las cataratas Victoria

El famoso puente sobre las cataratas Victoria

Su primera estancia en África concluiría con la llegada a la desembocadura del río Zambeze, siendo uno de los primeros en atravesar el continente de oeste a este en esa latitud.

Vuelta a Inglaterra y segundo periodo en África

A su vuelta a Inglaterra, 15 años después de su partida, fue recibido como un auténtico héroe nacional. «Es como si hubiera ido a Marte y hubiera estado con alienígenas», afirman diversos historiadores que han estudiado su figura. Allí recibió varias condecoraciones, realizó charlas a lo largo y ancho del país y consiguió los fondos necesarios ─a través del gobierno británico─ para continuar con su exploración de África.

Sin embargo, esta vez sus aventuras no serían igual de fructíferas.

Tramo del río Zambezi en su paso por Zimbabue

Tramo del río Zambeze en su paso por Zimbabue

Al volver al río Zambeze descubrió una serie de tramos que no eran navegables, consecuencia de diversas gargantas rocosas y fuertes rápidos. Gran parte de su expedición murió en estas aguas, mientras que Livingstone también perdería a su mujer por disentería. Él mismo sufriría varias fiebres y enfermedades durante este periodo de su vida.

El gobierno británico obligó a Livingstone a volver a Europa en 1864 tras haber perdido la confianza en él. Pero su mente seguía viajando en aquel continente que tanto le había dado. Dos años después ─durante los cuales publicó nuevos textos sobre sus descubrimientos y denunció la esclavitud allí presente─, ponía de nuevo rumbo a África.

A la búsqueda del nacimiento del río Nilo

En 1866, ahora con fondos privados, Livingstone se lanzó al que sería su última visita a África. En esta ocasión una sola obsesión ocupaba su mente: encontrar el nacimiento del icónico río Nilo. Junto a otros compañeros, comenzó la expedición en la isla de Zanzíbar, desde donde se trasladaría a la zona continental. Allí el grupo descubriría los lagos de Bangweuly y Moero, además del río Lualaba.

Atardeceres sobre la isla de Zanzibar

Atardeceres sobre la isla de Zanzíbar

A pesar de sus descubrimientos, la situación de Livingstone no era la idónea: gran parte de sus ayudantes le abandonaron, sufrió el robo de varios de sus medicamentos y volvieron a aparecer sus antiguos problemas de salud. Durante tres años, nadie supo nada de él. Estaba perdido y el mundo parecía haberse olvidado de su figura.

Hasta que apareció Henry Morton Stanley.

Doctor Livingstone, supongo

Este intrépido periodista fue enviado a África por el New York Herald con la misión de dar con el paradero de Livingstone. Tras un largo viaje siguiendo diversas pistas, el periodista galés logró llegar a Ujiji y encontrar al explorador. Fue en este momento cuando Morton pronunció la famosa frase que ha llegado hasta nuestros días: «Doctor Livingstone, supongo».

Periodista y explorador unieron sus caminos para seguir haciendo kilómetros en África, recorriendo el norte del lago Tanganica y siguiendo con la búsqueda del nacimiento del Nilo. No lo consiguieron y Morton volvió a casa sin poder convencer a Livingstone de que hiciera lo mismo.

Ilustración del encuentro entre Henry Morton y David Lvingstone

Ilustración del encuentro entre Henry Morton y David Livingstone

Por aquel entonces el escocés contaba con casi 60 años y, meses después de la partida de Morton, falleció como consecuencia de la malaria y la disentería. Era mayo de 1873 y sus siervos africanos ─los cuales amaban a Livingstone─ enterraron su corazón bajo un árbol en Mpundu (actual Zambia) y trasladaron su cuerpo a través de más de 2.300 kilómetros para entregárselo a sus compatriotas.

Actualmente sus restos descansan en la abadía de Westminster, donde se celebró una multitudinaria ceremonia con personalidades de todo el país. Eso sí, su corazón descansa junto a su legado en el único lugar al que realmente perteneció: África.

El legado de Livinsgtone

La figura de Livinsgtone ha llegado a nuestros días como una de las más importantes en la historia del continente africano. Sus pasos le llevaron no solo a descubrir lugares hasta entonces vetados al hombre blanco ─como las cataratas Victorias, el desierto de Kalahari o ciertos tramos del río Zambeze─, sino que sus excepcionales habilidades cartográficas le llevaron a ubicarlos en el mapa con una gran precisión.

Además, gracias a sus crónicas y sus discursos, logró crear una fuerte conciencia contra la esclavitud latente en el continente, abogando por un comercio justo y mayores derechos para los nativos africanos. Su lucha ha sido reconocida por gobiernos de toda África, donde Livingston cuenta con escuelas, estatuas e incluso ciudades enteras nombradas en su honor.

Estatua de David Livingstone en las cataratas Victoria

Estatua de David Livingstone en las cataratas Victoria. Crédito de foto: Tim Rogers

En una de sus frases más célebres, David Livingstone afirmaba: «decidí no parar nunca hasta llegar al final y cumplir con mi propósito». 200 años después de su nacimiento, nadie duda de que cumplió con su palabra.